miércoles, 23 de noviembre de 2011

Carta a una señorita en Paris

Carta a una señorita en París

En “Carta a una señorita en París”, el narrador le confiesa a su amiga Andrée en una carta que él vomita conejos. Esto no es más que la personificación de sus temores, el  gráfico blancuzco de su locura. Evidentemente, el narrador enfrentaba un  desorden psíquico, algo dentro de sí que lo atormentaba, pero había aprendido a manejar: “Yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba un trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes (…) le regalaba el conejo ya crecido a la señora Molina.”. Pero cuando se mudó a la casa de Andrée, el orden impoluto de su departamento, el adaptarse a un lugar que no era el suyo, lo desestabilizó. Comenzó a vomitar conejitos con más frecuencia, cada vez más rápido sus episodios se repetían, su temor se hacía presente en su cabeza. Invadían su sueño y todo su tiempo, para evitar que Sara lo descubra:”(…)Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. (…)A las cinco de la mañana los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido (…)”. Sin descanso, la pesadilla lo consumió cuando vomitó el conejo numero once. El nuevo orden que había establecido a fuerza de sacrificio se derrumba nuevamente, esta vez sin más fuerzas para superarlo. Las visiones que se daban lugar en su mente, se desbordaron en su vida cotidiana inevitablemente, fue por lo cual eligió el suicidio: “No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que será trece (...) No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.”.

Óbnibus

Ómnibus



  En “Ómnibus”, vuelve a aparecer la presencia del otro, pero ya no en la mente sino en la vida cotidiana, en la realidad, representada desde el punto de vista del “Discriminado”. En este caso, Martín y Clara, se ven incómodos al observar que todos los pasajeros del ómnibus 168 poseían flores y su rumbo era el cementerio de Chacarita. Ellos tenían destino a Retiro y llevaban las manos vacías. Ellos eran vistos y señalados como los otros, presionados por sus ojos que les indicaban que faltaban a lo establecido: “En el fondo del ómnibus, instalados en el largo asiento verde, todos los pasajeros miraron hacia Clara, parecían criticar alguna cosa en Clara que sostuvo las miradas con un esfuerzo creciente, sintiendo cada vez era más difícil (…).”. Ellos observan la diferencia que los demás establecían, veían que eran los otros: “El viejo de mi asiento con sus claveles apelmazados, con esa cara de pájaro. A los que no vi bien fue a los de atrás. ¿Usted cree que todos...?

- Todos – dijo Clara -. Los vi apenas había subido. Yo subí en Nogoyá y avenida San Martín, y casi en seguida me di vuelta y vi que todos, todos...”. También se puede apreciar la violencia que genera la discriminación, cuando los pasajeros bajan en Chacarita: “El conductor salió del asiento como deslizándose, el guardia quiso sujetarlo de la manga, pero se soltó con violencia y vino por el pasillo, mirándolos alternadamente, encogido y con los labios húmedos parpadeando.”. Además esa situación produjo en ellos la necesidad de pertenecer, de ser aceptados, o al manos no discriminados : “El florista estaba a un lado de la plaza, y él fue a pararse ante el canasto montado en caballetes y eligió dos ramos de pensamientos. (...) Pero cuando siguieron andando (él no volvió a tomarla del brazo) cada uno llevaba su ramo, cada uno iba con el suyo y estaba contento.”. Incluso la unión entre ellos fue breve, fue tan solo lo que perduró el miedo, la marginación.

La Lejana


La lejana

  En el cuento “La Lejana”, se produce otra evocación a la mente como en “Carta para una señorita en París” y al “otro” como en “Casa Tomada”. En este caso Alina Reyes, posee un “otro interior” personificado en una mendiga. Ella se siente dividida en dos, con otra lejana, que siente sufrir: “Me acuerdo que un día pensé «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega más tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía (...)”. Ella posee una unión con aquella que se encuentra lejos,
 la siente cerca. Cuando ella viaja en busca de ella misma, se produce un encuentro entre ellas: su yo y su otro yo. En ese momento se unen, y se siente completa. Luego se vuelven a dividir, con Alina (su yo) en el cuerpo de la otra, convertida en la mendiga y grita, "De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes, lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta a la cara y yéndose.".